Al fast fashion ya le hemos perdido el respeto: sabemos que una camiseta a 5€ no va a durar, y que detrás de ese precio hay materiales pobres y una vida útil pensada para tirarse a la primera lavada agresiva. Lo que quizá no hemos asumido todavía es que exactamente el mismo fenómeno lleva décadas ocurriendo con los muebles — y que ahora mismo se está colando, disfrazado, en los mercadillos y rastros de segunda mano.
Al fast furniture (mobiliario de usar y tirar) no le ha hecho falta un boom noticioso como el de la moda rápida para asentarse. Ha ido entrando en nuestras casas poco a poco, generación tras generación, hasta convertirse en la norma. Y ahora, esas piezas están empezando a envejecer — y a llegar de segunda mano a manos de gente que, sin saberlo, puede confundirlas con algo que no son.
Un breve repaso a cómo hemos fabricado muebles en las últimas décadas
Durante gran parte del siglo XX, un mueble se construía con madera maciza, ensambles de carpintería y una expectativa de vida de generaciones. Eso empezó a cambiar con la industrialización de posguerra y, sobre todo, con la popularización del tablero aglomerado y el MDF a partir de mediados de siglo: paneles hechos con restos de madera prensados y unidos con resinas, mucho más baratos y rápidos de producir que la madera maciza.
La gran revolución llegó con el mueble plano y desmontable — la fórmula que convirtió a marcas como Ikea en gigantes globales. Según explicaba a la agencia de noticias científicas SINC la catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Oviedo Ana María Fernández, el éxito de este modelo tiene tanto que ver con cambios culturales (las nuevas generaciones alejándose del estilo cargado de sus padres y abuelos) como con la economía de fabricar en serie, embalar en plano y producir en países con costes más bajos. El resultado: muebles más accesibles, sí, pero también más homogéneos y con una vida útil mucho más corta.
La escala del problema no es pequeña. Según datos de la Oficina Europea del Medio Ambiente, cada año se desechan en Europa cerca de 10 millones de toneladas de muebles, la mayoría destinados a vertedero o incineración. Solo para fabricar una de sus estanterías más vendidas, una gran cadena sueca llega a emplear unas 600 toneladas de tablero aglomerado al día.
El problema de salud del que casi nadie habla
Hay otra cara de esta historia que rara vez se menciona: los adhesivos que se han usado durante décadas para fabricar tablero aglomerado y MDF. La mayoría de estas resinas se fabrican a partir de formaldehído — y hoy sabemos, con la evidencia científica en la mano, que no es un compuesto inocuo.
La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), dependiente de la Organización Mundial de la Salud, clasifica el formaldehído como cancerígeno confirmado para humanos. La normativa europea siguió el mismo camino: desde 2015 lo clasifica como cancerígeno de categoría 1B. En España, el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) recoge entre sus efectos la irritación de ojos y vías respiratorias, dermatitis y, en exposiciones mantenidas, cáncer de nasofaringe y leucemia mieloide.
La regulación actual (la norma europea EN 13986, que distingue tableros de emisión E1 y E2) es relativamente reciente, de obligado cumplimiento desde el noviembre de 2016. Buena parte del mobiliario fabricado antes de que estos límites se generalizaran se construyó con resinas mucho menos controladas — y es precisamente ese mobiliario el que, con 20 o 30 años a sus espaldas, empieza a llenar los mercadillos y rastros con aspecto de «pieza con carácter».
Cuando lo viejo se disfraza de antiguo
Aquí está, quizás, el problema de fondo: una pieza fabricada en tablero aglomerado en los años 80 o 90 puede tener hoy el aspecto envejecido y la pátina que asociamos instintivamente con una antigüedad de verdad — sin serlo, y sin la calidad de materiales nobles que esa palabra prometía antes. No es lo mismo viejo que antiguo, y esa distinción se merece su propio espacio: pronto le dedicaremos un artículo entero a cómo diferenciarlos, repasando las técnicas de carpintería y fabricación más habituales en cada caso.
En nuestra humilde opinión
Hemos atravesado varias décadas en las que la obsolescencia programada y la mal llamada «democratización del mueble» nos vendieron la idea de que amueblar una casa debía ser rápido, barato y accesible para todos — y en parte lo consiguieron. Pero el precio de esa accesibilidad lo estamos pagando ahora, dos veces: en la salud, con materiales y adhesivos que hoy sabemos perjudiciales, y en el paisaje, con mercadillos de segunda mano y vertederos llenándose de objetos que nunca estuvieron pensados para durar ni para tener una segunda vida.
Creemos que la solución no es dejar de comprar de segunda mano — todo lo contrario. Es aprender a mirar mejor lo que compramos, ya sea nuevo o usado, y exigir que lo que entra en nuestra casa esté hecho para quedarse.